jueves, 2 de junio de 2011

Capitalismo, hábitos Alimenticios y "ley súper 8"

02-Junio-2011
En el ser humano hay dos situaciones ineludibles que definen su condición; la reproducción y la alimentación. Ambas son condiciones históricas que se definen  y configuran en función de las condiciones culturales, económicas y políticas de las cuales formamos parte.

Me interesa, en esta ocasión, poner atención en la alimentación; es decir, en los nutrientes que hacen posible nuestra existencia y reproducción. En efecto, sin nutrientes no hay posibilidad de desarrollar la vida y la existencia humana.

Resulta interesante constatar como nuestra forma de vida-existencia se relaciona de manera directa con la alimentación; con lo que comemos. Somos lo que comemos y comemos lo que somos.

El tipo de alimentos, la forma de prepararlos, consumirlos y disfrutarlos son determinados históricamente; cada pueblo, cultura o sociedad define sus métodos y hábitos de consumo alimentario. En cada época histórica no se come de la misma manera. Cada civilización tiene su propia tradición culinaria.

En las sociedades del capitalismo avanzado hay tipos y hábitos específicos de consumo alimenticio. La explosión de la diversidad de objetos de consumo se ha expresado en el ámbito de los alimentos. Los rasgos y las urgencias de la sociedad actual imponen hábitos y tipos específicos de alimentos y formas de ser consumidos. El orden industrial, tecnológico y moderno tiene sus normas, ritmos y códigos alimenticios.

En ese contexto se ha impuesto una realidad contundente, violenta y asesina. En efecto, el tipo de alimentos que produce la industria alimenticia del capitalismo global, las formas de consumirlos y los hábitos que se generan en torno a ellos esta a nivel mundial generando más problemas que beneficios a la salud humana.

Los alimentos de la modernidad consumista, tecnológica y productivista están generando enfermedades y muertes. Qué paradoja; no alimentamos para vivir y nuestro alimentos nos están matando. Lo que comemos nos está enfermando. Si a ello, sumamos los hábitos sedentarios (en los que 9 de cada 10 chilenos no practica actividad física regular) y el estrés nos enfrentamos a un triangulo mortal.

El consumo de azúcar, sal (sodio), grasas (saturadas, colesterol, trans) y aditivos-colorantes de todo tipo son los elementos que están generando la paradoja. La ausencia en la dieta de frutas, vegetales, cereales y fibra soluble es la otra parte de la moneda y del problema.

No sólo se trata de la industria de la comida chatarra, sino también de la industria de las galletas, golosinas, gaseosas, snack y cereales. La consecuencia del tipo de alimentos que se ofertan en el mercado y sus formas de consumirlos están generando enfermedades y muerte. Todas las cifras muestran como en los últimos años esos consumos han aumentado de manera considerable.


¿Cuáles son esas enfermedades y sus consecuencias? Entre las principales encontramos el sobrepeso y obesidad, la hipertensión arterial, la diabetes (tipo 2), el cáncer, la celulitis, las caries, las embolias, la artritis, la anemia, la arteriosclerosis, la osteoporosis y otras enfermedades asociadas a la vesícula y al corazón (cardiovasculares) como el infarto al miocardio.

Por ejemplo, la hipertensión y el aumento del colesterol puede producir infartos y accidentes vasculares; un hígado graso puede producir cirrosis. Estudios recientes muestran una directa relación entre obesidad y cáncer de útero en las mujeres y de próstata en los hombres. 


En Chile se consume al día 4 veces más sal de los que se recomienda; es decir, del máximo de 4 gramos los chilenos están consumiendo en torno a los 13 gramos diarios. Los efectos sobre la hipertensión, los infartos y accidentes vasculares ya se conocen.

El consumo de azúcar también es alto; sobre todo, en los niños. El efecto de esta situación no sólo tiene que ver con el aumento del peso y la diabetes, sino también con la pérdida de calcio y el aumento de la osteoporosis.


¿Qué muestran las cifras? A nivel mundial las cifras son tan alarmantes como en Chile. Vamos a poner atención en lo que sucede en nuestro país.

En Chile la obesidad infantil en menores de seis años paso entre 1990 y el 2010 del 10% al 23%. La meta de los gobiernos de la Concertación era frenar la tendencia y llegar sólo al 12% para el 2010. Un fracaso rotundo. Si tomamos la población escolar en su conjunto esa cifra es del 17% y del 50% cuando se trata de sobrepeso. Estos datos muestran dos situaciones; a) que la tendencia lejos de romperse es al aumento y b) que esos niños desde los 40 años tienen altas probabilidades de sufrir cánceres, infartos, accidentes vasculares e hipertensión.

Los adultos no están muy alejados de estas cifras; de hecho, dos de cada tres tienen sobrepeso y el 40% son obesos y tres de cada cuatro tienen hipertensión y de las 300 muertes diarias por todas las causas, 200 son por infartos, accidentes vasculares y cáncer y 100 ocurren entre los 40 y 60 años.

Los Estados no pueden estar ajenos a esta realidad. De hecho, en muchas partes del mundo se han ido tomando decisiones de política pública no sólo en la dirección de regular la producción de alimentos, sino también de promover hábitos alimenticios saludables y actividad física regular.

Chile forma parte de esa dinámica. Por ello, la reflexión anterior nos sirve de marco para entender lo que se conoce en el último tiempo como la “ley súper 8”.  ¿Por qué surge este proyecto de ley?

Es la respuesta política y legislativa ante estos problemas de salud pública. No sólo hay que velar por generar condiciones de vida saludable, sino también se trata de gastos a nivel fiscal cuantiosos y en aumento. De hecho, las muertes asociadas al consumo de estos alimentos tienen un costo para el Estado de tres mil millones de dólares anuales.

El debate político-público en torno a esta temática y la necesidad de plasmarlo en una ley (la conocida como “ley súper 8”) es la respuesta del Estado frente a la relación existente entre alimentación no saludable y enfermedades. La dificultad que ha tenido la tramitación de la ley (incluido el veto presidencial de los últimos días) se debe a que se trata de un debate cruzado no sólo por intereses económicos, globales y transnacionales, sino también por el tipo de sociedad que se está construyendo donde la libertad juega un rol central.

Los hábitos no sólo se cambian e institucionalizan con una ley que regule la industria alimenticia, sino también con campañas educativas que comuniquen y fomenten la idea de que comer sano y hacer ejercicio es fundamental para la salud y el bienestar. No sólo es una batalla legislativa, sino también comunicacional y educativa. Y también es política porque está en juego el tipo de sociedad que estamos construyendo.