lunes, 22 de julio de 2013

Longueira se agotó, igual que el modelo

Julio 2013
renuncia de Longueira a la carrera presidencial ha sorprendido a los actores de la política y a la opinión pública. Comentarios de todo tipo y en todas las direcciones. ¿Qué significa y que impacto tiene sobre el escenario político a corto y largo plazo?

El “hecho Longueira” hay que interpretarlo en una doble perspectiva: como consecuencia y como efecto.

La bajada de Longueira no es un hecho azaroso que surge en medio de una contienda presidencial y que termina abriendo una coyuntura de crisis. Al contrario, es un hecho que es el resultado de un conjunto de sucesos y errores que se vienen manifestando en el sector y que han terminando por protagonizar una carrera presidencial llena de conflictos y  confusiones. Fue la salud lo que gatilló. Pero, pudo ser cualquier hecho. Con Golborne, fueron los cobros abusivos y los paraísos fiscales; y con Allamand su agresión a Golborne y  los insultos de calle Suecia; ¿cómo tanto infortunio?; todavía no sabemos si Matthei llegara hasta Noviembre.

Si por un lado, la bajada de Longueira es el resultado de lo que viene sucediendo en el sector, a lo menos, desde que asumen el gobierno en marzo del 2010, por otro es un hecho que genera efectos de poder sobre algunas variables de la coyuntura política: liderazgo presidencial, relación UDI-RN, gobierno, dinámicas internas de los partidos del sector e imagen pública de confusión y debilidad.

¿Qué variables explican la emergencia del “hecho Longueira”?

En lo sustancial, ese hecho responde a una derecha débil en lo político-electoral que tiene el desafió no sólo de defender el gobierno –“su gobierno”- y proyectarlo, sino también de defender aspectos trascendentes del neoliberalismo chileno: constitución, reforma tributaria, reforma laboral, reforma educacional. Por tanto, el “hecho Longueira” se inserta en una dinámica del sector que se caracteriza por su debilidad y confusión.

La salida de Longueira por motivos de salud es la mejor muestra de lo que sucede en el oficialismo –gobierno y partidos-. Es un hecho lleno de significación.  Pablo, “representa” una generación y un proyecto político que se viene desarrollando hace treinta años. Longueira no se “deprimió” sólo. Su enfermedad –“nuestro padre está enfermo”, ha comunicado su familia-, es la enfermedad de todos a los que representa; es la enfermedad de una generación, es el agotamiento de un proyecto político, es el “estrés” del modelo, es el fin de un ciclo, es la debilidad del gobierno y de los partidos. Longueira, entró en “depresión severa… que lo tiene débil” –una semana después- por cansancio y presiones. Se agotó. Igual que el modelo.

La enfermedad es un “síntoma político”. La renuncia de Longueira es consecuencia, por tanto, de la situación de debilidad en la que se encuentra inmersa la derecha política chilena ante la necesidad de mantener las bases del neoliberalismo local. Esto, genera angustia y depresión. El triunfo arrollador de Bachelet, es la gota que colma el vaso y consolida los miedos. A los pocos días, la derecha se queda sin candidato y sin mecanismo para elegirlo; ¿será casualidad?

Pero, la debilidad política, social y electoral de la derecha –no digo, militar, ideológica ni económica- no es algo nuevo. De hecho, desde los ’20 del siglo pasado, se ha visto débil frente a los sectores de centro-izquierda que desde siempre han impulsado un programa de trasformación que presiona a los sectores que mantienen el “estatus quo”. El triunfo de Piñera no sólo es un gran triunfo electoral, sino también una excepción.

De los último ochenta años -1933-2013- la derecha ha gobernado en 4 ocasiones (1932-1938, 1958-1964, 1973-1999, 2010-2014); ha controlado, por tanto, el ejecutivo por 33 años, equivalente al 41% del tiempo. Si sacamos los 17 años de la dictadura de Pinochet, bajamos a 16 años –en tres oportunidades- lo que equivalente al 20%. Finalmente, en cuarenta años -entre el ’33 y el ´73- sólo gobernaron 12 años. Es más, la derecha nunca ha logrado tener sucesión presidencial.

Todos esos fantasmas irrumpieron en la derecha durante la fase Piñera. Longueira hace años dijo que “habían ganado con votos ajenos”. El gobierno se instalo y antes de un año comenzó a manifestar y evidenciar problemas de manejo político; que rápidamente no sólo erosiono los apoyos que la habían hecho llegar a La Moneda, sino también genero condiciones para que la oposición lograra recuperar su fuerza electoral y posicionarse fuertemente para volver a La Moneda.

Durante el gobierno de Piñera, la derecha volvió a debilitarse. En esta situación de debilidad, por tanto,  se ven enfrentados a un profundo proyecto de transformación social; cuya máxima expresión es la demanda por una “nueva constitución” y “reforma educacional”. Por primera vez, desde el ’89, se generan condiciones políticas, sociales y electorales para desactivar los principales ejes del modelo.

La derecha, está enfrentada a un cambio de época que entra en contradicción con las estructuras fundamentales del Chile de hoy: modelo político y modelo económico. Está enfrentada a una coyuntura en que lo fundamental debe ser la defensa del gobierno y del modelo. Esa, es la “orden del día” para el oficialismo. Lo relevante, es que la “derecha política” esta débil frente al “programa de la igualdad”. La derecha, ha dejado de ser competitiva en términos presidenciales y queda presa del fantasma del ’89 y del ’93. La derecha, arriesga cuotas de poder parlamentario. Su resultado electoral –a nivel presidencial y legislativo- puede ser “catastrófico” y abrir una crisis terminal.

¿Qué efectos de poder se generan a partir del “hecho Longueira”?

El “hecho Longueira” no fue producto del azar y el capricho de la mala salud. Lo relevante para el análisis, es que  a partir de este hecho -otra “tormenta”, “misil”, “tsunami”- se producen efectos de poder internos y externos. Los primeros, en relación a lo que ocurre al interior del gremialismo; y los segundos, en relación a la carrera presidencial y a la relación UDI-RN.

Efectos internos. La “enfermedad” de Longueira no sólo lo inhabilita para la competencia presidencial, sino también lo “distancia” de la política del día a día, de la microfísica del poder. Esto, sin duda, abre una interrogante sobre el futuro de la UDI Popular y del rol que Pablo venía a jugar en el diseño del gremialismo para los próximos 30 años. Moreira lo ha dicho varias veces: “Pablo, volvió al partido para quedarse”.

Y mientras tanto, Novoa recupera el control e instala como candidata presidencial a la “prima” de Golborne: Matthei, es la carta del Novoismo. Lavín, a su vez, queda como generalísimo y se convierte en el puente entre ambos sectores del gremialismo y re-instala los equilibrios. Con todas las fuerzas y la “convicción” -palabra más usada por los gremialistas- van a defender la tesis de llegar con Matthei a Noviembre. La UDI es un partido estructurado y disciplinado por lo que todos cierran filas en torno al liderazgo presidencial de la ex RN.

A la UDI, le interesan dos cosas: mantener su peso político-parlamentario y seguir reproduciendo el neoliberalismo chileno y los principales dispositivos que los sustentan. “Tenemos mucho que perder” insiste Melero. Para el gremialismo, lo mejor para esos objetivos es llevar candidatura propia y cerrar filas en torno a ella. Los problemas internos quedan, por tanto, para después de las parlamentarias y para la próxima renovación de directiva.

Efectos externos. La bajada de Longueira y el vacio presidencial que se produce, abre una fuerte tensión con RN. El primer golpe lo da el gremialismo y proclama –rápidamente- a Matthei. La crisis de coyuntura que se abre es la manifestación de una fractura política en la derecha chilena que se manifiesta a lo largo del tiempo de diversas maneras y en distintas coyunturas. La derecha anclada en dos fuerzas desde principios de los ochenta se tensiona cada cierto tiempo por la hegemonía política del sector. Es sabido, que el gremialismo es el sector que pone la música en el oficialismo y el que mejor interpreta a la derecha económica –hegemonizada, por el capital financiero-.

El triunfo de Longueira en la primaria, lo ratifica. Como también, proclamar  a Matthei y poner a sus socios contra “la espada y la pared”. La “mujer de hierro” local es la que mejor protege hoy los intereses superiores del sector y de “los chilenos”: “Firme” con Matthei es la misión.

Rápidamente, la unidad se transforma en fuertes disputas. Las heridas se abren y la historia se re-instala con todos sus miedos y derrotas: “Nuestro sector pasa por malos momentos” ha dicho la vocera. De este modo, la carrera presidencial nuevamente pone a competir a las dos derechas; la gremialista y la liberal.  Y también, nuevamente, se rompe la “paz”. La racionalidad de clase, siempre termina imponiéndose y anulando las divergencias.

El “hecho Longueira” es, en consecuencia, el símbolo de una derecha débil y confusa que ha ido avanzado de manera lenta, de modo casi imperceptible e inevitablemente a una derrota política y electoral de proporciones. Lo relevante, desde el punto de vista político y de la correlación de fuerzas -que se puede institucionalizar desde marzo del otro año-, es que esa “Nueva Mayoría” social y política pone en jaque los principales enclaves del neoliberalismo chileno.


La crisis presidencial de la derecha, es la manifestación de que ha llegado el momento de refundarse y de adaptarse a las condiciones socio-políticas que impone el nuevo ciclo político y social que comenzó a emerger en marzo del 2006 cuando empieza la gestión Bachelet y en abril cuando empieza la “revolución pingüina”.