jueves, 16 de abril de 2015

El frágil y aparente consenso de la UDI

Abril-2015

Tenemos nueva directiva gremialista. No obstante, ello no implica que la crisis por la que atraviesa el partido va a ser superada. Tampoco, que las tensiones internas van a dar paso a los primeros años del partido en que todos eran uno y la unidad la base del éxito del proyecto político. Al contrario, las tensiones van a continuar hasta su ajuste, renovación, refundación y/o quiebre. El sólo hecho de describir cómo se produjo la salida de la directiva anterior y la instalación de la nueva son indicadores de que las aguas van a seguir turbulentas. El futuro gremialista es incierto.

El propio Hernán Larraín –uno de los mayores detractores y críticos del partido que desde fines del año pasado sonaba como posible sucesor de Silva- afirmaba que “el hecho de haber tenido dificultades para conformar la lista no es más que el reflejo de lo que está ocurriendo en la UDI en el último tiempo”. Agregando, que la “conformación de la nueva mesa directiva… ha motivado una confrontación de ideas… franca y apasionada sobre lo que los distintos actores de nuestro partido consideramos lo que es mejor mostrando diferencias e incluso generando controversia”. Antes había afirmado que sólo “nos sostiene la fuerza de nuestra trayectoria”.

Lo relevante de estas opiniones –emitidas en la coyuntura del Consejo General- es que dan cuenta de que en el partido hay una fractura interna significativa.

Este diagnóstico se ve reforzado cuando identificamos que este tipo de afirmaciones ha sido recurrente, a lo menos, desde las presidenciales y parlamentarias del 2013. De hecho, durante las últimas semanas varios personeros del gremialismo han emitidos opiniones y juicios en torno a la magnitud de la crisis: de los iluminados a los populares y de los diputados a los alcaldes. Por lo menos en eso hay consenso.

Al terminar las presidenciales pasadas en diciembre del 2013 los gremialistas se enfrentaron a cuatro problemas: hacer un diagnóstico de la derrota –muy vinculado al “estado del partido”-, renovar su directiva, constituirse en una oposición eficaz y seguir liderando al sector. La respuesta a cada una de esos escenarios estuvo condicionada por una situación estructural doble: interna y externa; la primera, referida a las tensiones internas del partido y, la segunda, a la relación de la UDI con la sociedad, específicamente, con el Chile del nuevo ciclo político y cultural.

En ese contexto el Consejo de Enero del 2014 fue una buena oportunidad para debatir y entender lo que pasaba en la UDI. Lamentablemente –para ellos- no hubo una respuesta clara y unitaria en torno al diagnóstico de lo que ocurre en el partido ni en torno a las causas de la derrota: “la marca UDI está agotada, el partido se desangra, hay que adaptarse a los nuevo tiempos, hay que instalar nuevos rostros”, son algunas de las opiniones que se escucharon en ese entonces. En ese ambiente tomo fuerza la tesis del  “cambio generacional” que se impuso, finalmente, en la internas de abril con el liderazgo de la dupla Silva-Macaya.

Los hechos no sólo mostraron que fue un error táctico y estratégico de proporciones, sino también que Novoa seguía controlando el partido. El nuevo ciclo político no podía enfrentarse con un “ajuste táctico” que sólo se enfocaba en las nuevas generaciones. En ese consejo, hubo muchos que pedían cambios profundos que iban desde un cambio en la declaración de principios hasta una “renovación profunda” que no sólo volcara al partido nuevamente al trabajo territorial –“nos hemos aburguesado” acaba de afirmar Larraín-, sino también que los acercara a la sociedad y a los cambios que en ella estaba ocurriendo. Hace unas semanas, De la Maza afirmaba que de no hacer esta última operación, es decir, de “ajustarse a la demanda ciudadana” se corría el riesgo de ser “irrelevantes”.

Desde la instalación de Silva en la presidencia del gremialismo comenzaron a observarse los quiebres internos cada vez con más fuerza; sobre todo, desde que estalla –pocos meses después- el caso Penta y su arista política. Este hecho, no abre una crisis en el gremialismo: la explosión y administración política del caso Penta sólo vino a profundizar y acelerar un proceso de descomposición que ya estaba en marcha y que amenazaba la unidad del partido y la viabilidad de su proyecto político desde hace un par de años.

A menos de un año de haber asumido al dupla Silva-Macaya, o si se quiere el triunvirato Novoa-Silva-Macaya, tuvieron que dejar sus cargos. Las tensiones internas eran cada vez más intensas. Sin embargo, lo más relevante desde el punto de vista político no es la renuncia de Silva y la instalación de una nueva directiva, sino la profundización de las tensiones internas. De hecho, el consenso en torno a Larraín es aparente y frágil. Aparente porque no hubo tal “consenso” ya que se impusieron las tesis de Novoa -por eso el hombre de las platas a la salida del consejo declara estar “contento”-; y frágil, porque Larraín  esta en medio de una pugna entre dos poderes que no se van a dar tregua en los siguientes meses. Sin duda, las municipales van a ser una prueba de fuerza para ambos sectores.

Vemos, en consecuencia, que internamente la UDI está herida y fragmentada; y que Larraín no viene a “exacerbar el clima de pasiones, confrontaciones y odiosidades”. Al contrario, su “misión” apunta no sólo a sacar al partido de los tribunales, recuperar la credibilidad perdida y mantener la unidad, sino también a reestructurar al partido, “recuperar la esperanza” y “continuar con el proceso de renovación” y ajuste del gremialismo con los cambios sociales del mundo y del país. Días antes del consejo, Larraín afirmaba que había llegado el momento “de hacer un cambio refundacional para recuperar el espíritu originario”.

Los desafíos de Larraín, sin duda, son complejos. No resulta fácil definir y actualizar el proyecto político e ideológico de la UDI cuando hay tensiones internas que obedecen a  distintas maneras de ver y entender el partido desde los “principios” y “estilos” hasta su relación con la sociedad.


Larraín, es el hombre indicado para la coyuntura: es moderado  -“soy un hombre de paz” ha dicho-, tiene llegada al mundo político, tiene apertura ideológica y es el puente perfecto entre dos sectores que cada día profundizan más sus diferencias. Sin embargo, adolece de una debilidad estructural: es que está solo: el acercamiento de unos; será, la distancia de los otros. 

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