miércoles, 10 de febrero de 2016

El Chile post Neoliberal, ¿hacia dónde vamos?

Febrero-2016

Durante la campaña presidencial anterior se habló de modo recurrente sobre el nuevo ciclo que se abría en el Chile post Concertación. Por arte de magia y una vez instalado el nuevo gobierno desapareció del debate público y del lenguaje de la política la idea del nuevo ciclo. Quizás, porque se entendió que ya estábamos en plena nueva época y que las reformas estructurales eran la expresión del nuevo Chile que había emergido. En consecuencia, surge una pregunta: ¿estamos asistiendo a un nuevo Chile?

Inexorablemente, el país avanza es su tectónica hacia nuevas formas y dinámicas sociales. De hecho, el clima de crispación y de desconfianza que nos inunda es resultado de que estamos en una época de cambios que lentamente nos acerca hacia una nueva época. Vivimos y somos parte un cambio de época que por estar todo el tiempo en estado de latencia no entrega señales que den claridad hacia donde avanzamos.

Sin embargo, las señales de cambio son múltiples y la fatiga de lo existente evidente. El país neoliberal post Concertación se cae a pedazos. El Chile de Longueira, Allamand, Piñera, Lagos, Escalona, Insulza, Lavín, Novoa y otros ha comenzado su retirada. Por cierto, se resisten como todo instinto de sobrevivencia y como todo poder que no quiere ni soporta perder lo que considera su derecho natural.

El proceso de cambio es lento, complejo y doloroso. No sólo son cambios políticos y económicos, sino también –y, sobre todo- culturales. El proceso de transformaciones se complejiza cuando observamos que forma parte de cambios mundiales en el que las redes y el empoderamiento ciudadano están poniendo en jaque las formas tradicionales del poder y de la política; incluida, la democracia liberal  representativa y las tesis del crecimiento ilimitado.

En Chile asistimos a cambios profundos. La crisis del poder expresada en la distancia con la política, con sus actores e instituciones y en la desconfianza no es resultado de los problemas derivados del financiamiento ilegal de la política, de las campañas electorales y de los escándalos que vemos día a día como espectáculo mediático. Se trata, de una crisis que tiene que ver con que los nuevos tiempos locales y mundiales requieren formas distintas de articulación, participación y mediación política. Las formas tradicionales cuya máxima expresión es la democracia representativa, la horizontalidad piramidal del poder y los partidos de la sociedad de masas no dan respuesta a una sociedad que cambia a pasos agigantados su anatomía y fisiología.

Junto a este desfase, en Chile observamos un cambio de élite que recién muestra sus primeros signos, avanzamos hacia una nueva forma de entender lo público y lo estatal, a nuevas formas de financiar la política, hacia mayores estándares de transparencia, hacia nuevos equilibrios del poder político y social, hacía un nuevo sistema electoral que va superar –sin cambiar mucho el mapa del poder- el eterno empate del binominal. En este nuevo Chile el poder político se atomiza y se fragmenta en la emergencia de múltiples grupos de poder que claman por un espacio en este nuevo mapa de la correlación de fuerzas.

En este cuadro vemos como la estructura de poder dominante hasta hace unos años se cae a pedazos: cayó la Iglesia con Karadima, los partidos, los actores y las instituciones de la democracia y el poder económico de los grupos enriquecidos durante años de dictadura. De la misma manera tiembla la omnipotencia del poder militar –salpicado por las violaciones a los derechos humanos y los casos de corrupción, cuya última expresión es el milicogate- y los medios masivos están presionados por las redes y las audiencias segmentadas.

En este contexto de cambios profundos –más latentes que manifiestos-, se instalan nuevas temáticas y surgen grupos correlativos de presión que tienen y expresan demandas de distinto tipo: de las multiculturales hasta las ambientales y de las libertades civiles a las espirituales de la “autoayuda”: todo un nuevo universo de referentes culturales e ideológicos.

En este nuevo orden cultural, por tanto, los políticos van cediendo terreno frente a los consumidores y los ciudadanos empoderados. No se trata, de que la política como actividad “natural” del hombre este sucumbiendo; sino de que hay otros actores y otras formas de participación y demandas que se comienzan a imponer. El político tradicional ha muerto y su brazo operativo también: el partido y el sindicato.

En el plano de la economía también los cambios son evidentes. La crisis actual también es resultado de la retirada –por cierto, poco visible- del neoliberalismo como la ideología de la catalaxia hayeksiana y la “mano invisible” de Smith. De hecho, las reformas estructurales de la Nueva Mayoría bajo la conducción política de Bachelet “atentan” –de ahí, la conflictividad de la época- contra importantes aspectos del neoliberalismo criollo: lucro en dimensiones básicas de la existencia -salud, educación, pensiones-, relaciones laborales, reforma tributaria que transfiere recursos del sector privado al sector  público y la tendencia –asistimos a los primeros brotes- hacia un Estado más activo en lo económico.

Surge, por tanto, desde las entrañas de la economía neoliberal no sólo un sentimiento y una demanda por una economía solidaria, sino también se instala la necesidad de un modelo de desarrollo productivista y no meramente extractivo. De hecho, la crisis del precio del cobre y el agotamiento de la economía de commodities imponen como necesidad política avanzar hacia un modelo de desarrollo distinto. Los nuevos tiempos ponen en jaque al Estado subsidiario y abren paso a un Estado de derechos.

Junto a estos cambios en el plano de la economía asistimos a la necesidad de desarrollar e impulsar economías sustentables que impongan un nuevo trato con los recursos del planeta. La tesis y la ideología del crecimiento ilimitado –y por naturaleza desigual- no es compatible con el futuro. Ha llegado el momento de cuidar el planeta y de generar una relación amigable con la tierra. La razón instrumental nos muestra día a día su fracaso. Debemos superar las energías a base de combustión fósil, empezar a cuidar el agua, fomentar el reciclaje y proteger la biodiversidad.

Finalmente, en el plano de la cultura asistimos a cambios profundos no sólo sustentados en la “inflación” de las libertades, sino también en el avance de la tecnología, la robótica, las realidades virtuales y la biología genética. Culturalmente, emerge un ciudadano de nuevo tipo que reclama y exige que su soberanía –enajenada por el pensamiento político moderno del pacto- sea devuelta. Este es, sin duda, un cambio de alto impacto.; quizás, la fuente de la crisis actual de la política de la sociedad de masas. En el Chile de hoy su influencia es evidente. En el plano de la cultura asistimos al paso del individuo al sujeto; del orden conservador al orden secular y liberado de ataduras conceptuales y operativas.

De hecho, si este cambio lo observamos en el largo plazo observamos que desde los noventa el avance en esta dimensión ha sido significativo: pasamos de la ley de divorcio al matrimonio igualitario, del hijo ilegítimo al hijo criado por parejas del mismo sexo, de la muerte natural a la eutanasia, de un país que hace 25 años prohibió la entrada de Iron Maiden y la exhibición de la “Última tentación de Cristo” a un país que ha visto a la banda británica 8 veces y que ha quedado anonadado con las películas “El bosque de Karadima” y “El Club”.

Asistimos, en consecuencia, a un país que cambia de manera radical como diría un radical de viejo cuño, de manera revolucionaria como diría un marxista, de manera espontánea como diría un neoliberal ortodoxo y de manera gradual como diría un socialdemócrata. Da lo mismo. Lo relevante es que la sociedad chilena ha cambiado y seguirá su proceso de transformación. Los cambios son muchos y tan profundos que no alcanzamos en este relato a comprender ni menos a identificar en su totalidad. 

Lo que sí, es evidente, es que este proceso de transformaciones estructurales a nivel político, económico y cultural ha necesitado un liderazgo político. En efecto, hay una figura política que vino a liderar ese cambio: Michelle Bachelet. Todo comenzó en su primer mandato con un gobierno ciudadano centrado en la “protección social”. Todo culminara en su segundo mandato cuando en marzo del 2018 entremos al Chile post neoliberal. Desde ese momento, las tendencias y las demandas de cambio seguirán instaladas y presionando. La restauración conservadora no podrá evitar lo inevitable.

No hay comentarios: