viernes, 5 de enero de 2018

El Frente Amplio como Marca Política

El resultado electoral para el Frente Amplio en las pasadas elecciones abre una nueva etapa. Los 1.3 millones de votos de la Bea Sánchez, la bancada parlamentaria elegida y el rol que jugaron en la segunda vuelta son hechos políticos que dan cuenta de que se ha reducido la distancia entre su rendimiento electoral  (municipales 2016 y primarias 2017) y su posicionamiento político. La votación obtenida, por tanto, instala al frente amplismo como un agente político con capacidad de modificar las relaciones de fuerza e instalar temas en la agenda pública.

Aquí, surge el primer nudo político de la nueva fase: ¿qué hacer con el Frente Amplio cómo instancia “supra”-particular/partidista?

Que el FA sea una instancia “supra”-particular/partidista, significa que está constituido por distintas identidades políticas, culturales, sociales y generacionales que se reúnen para construir un proyecto político “amplio” que dispute de modo competitivo la hegemonía política y cultural a la derecha y a la Nueva Mayoría (o sus restos) en todos los Frentes: del parlamento al territorio y del voto a las ideas.

Las particularidades que conforman este “todo” llamado Frente Amplio construyen un espacio político  imaginario –en proceso de institucionalización- al interior del cual proponen, debaten y deciden lo que van hacer como cuerpo político. “Ese todo”, cómo espacio político no sólo está integrado por los partidos que lo fundan y sus militantes, sino también por un amplio sector de “militantes amplistas”, simpatizantes y electores que son, en definitiva, los que hacen posible y viable el proyecto desde el punto de vista electoral y cultural.

Ocurre, que desde las municipales pasadas el Frente Amplio comienza a fagocitar las orgánicas que lo constituyen. De hecho, la votación presidencial y parlamentaria del conglomerado es un voto del “pueblo frenteamplista” a un referente político en construcción que suma más políticamente que las particularidades que lo conforman: partidos, movimientos, individuos. De hecho, la distancia en votos entre lo que se obtuvo a nivel presidencial es inferior en 400 mil votos a lo que vemos a nivel de los Diputados. La distancia aumenta a 600 mil cuando vemos la votación de los Consejeros Regionales.

En consecuencia, lentamente se fue creando un “ser político” con vida propia que se autonomiza de sus “padres”. Esto es, sin duda, un activo político de alto impacto y de compleja gestión.

¿Por qué ocurre hoy que el Frente Amplio “suma más que las particularidades que lo conforman”?

Porque el Frente Amplio se ha constituido en una marca política que se conectó de modo eficiente con rasgos del nuevo ciclo. Esa conexión la hizo el Frente Amplio y no sus particularidades constituyentes.

De este modo, se convirtió en una marca conocida, valorada y reputada, asociada a la nueva política y con un producto atractivo (proyecto y nuevo personal político). Sobre esas bases semióticas las posibilidades de expansión, por tanto, no son menores. Sin embargo, estas dependen cada vez más del fortalecimiento de la marca como unidad semiótica y como proyecto político.

En este sentido, surge la hipótesis de que la viabilidad política del Frente Amplio a corto plazo (es decir, considerando el ciclo de gobierno que se abre con estas elecciones y se cierra en las presidenciales del 2021), depende de modo relevante de su proyección no sólo como plataforma política, sino también como marca política “supra”particular/partidista que puede ser gestionada del mismo modo como se hace con una marca comercial desde el punto de vista semiótico. No olvido, que es una cuestión esencialmente política.

Entender el Frente Amplio como marca política, implica situarnos en el plano de la cultura, del imaginario y de las subjetividades políticas. Haber transitado de la aislada táctica instrumental de un pacto electoral a una unidad de sentido que re-significa la política desde las bases y desde los nuevos grupos es, sin duda, un tremendo éxito y un gran triunfo político. Esto, debido a que las lealtades, los compromisos, las esperanzas  y las convicciones –sobre todo, en el ámbito de la política- se solidifican en el plano de la cultura, de las creencias, de las costumbres, de las emociones y del imaginario. Cuando la marca se instala en el imaginario y en las subjetividades sólo hay que salir a vender, a proponer, a seducir y a re-encantar. El Frente Amplio, ha operado y opera en esta dimensión.

Como referente político, el Frente Amplio no sólo es un espacio político de encuentro de identidades unidas en una identidad mayor, sino también –y, sobre todo- un espacio cultural que se ha ido creando e inventando desde los territorios en la perspectiva de ir construyendo y reconstruyendo la relación entre sociedad y política en el marco de un proyecto político colectivo “contra” neoliberal.

Volvamos a la pregunta inicial, ¿qué hacer con el Frente Amplio cómo instancia “supra” particular?

La respuesta es contundente y nadie duda: fortalecer el Frente Amplio. Sin embargo, surge una pregunta política clave que tiene directa relación con la autonomía de la marca, ¿hasta qué punto las distintas particularidades (partidos, movimientos e individuos que lo constituyen) van  fortalecer el proyecto a costa del rendimiento y posicionamiento de los agentes políticos particulares que constituyen ese espacio imaginario y colectivo que llamamos Frente Amplio?

La respuesta a esa pregunta se encuentra en la cultura “frenteamplista”; es decir, en dos vectores culturales decisivos para la creación del Frente Amplio: la imbricación con el movimiento social, con las bases y con los territorios y la primacía del proyecto colectivo por sobre los personalismos.

Esto, por tanto, quiere decir que las particularidades políticas constituyentes del Frente Amplio están dispuestas y han manifestado la voluntad de construir un proyecto político que supere el marco, las identidades y las vocaciones particulares.
 
Las preguntas políticas son ineludibles para la fase que se abre post-elecciones: ¿cómo las distintas orgánicas se van a relacionar en este espacio en construcción?, ¿qué niveles de soberanía tendrá ese espacio de acción política colectiva?, ¿qué grado de autonomía política tendrá el espacio imaginario llamado Frente Amplio?, ¿qué rol va jugar en este período el “pueblo frenteamplista”?, ¿qué relación se establecerá con la bancada parlamentaria?, ¿hasta qué punto la bancada amplista se confundirá o diferenciará del Frente Amplio?, ¿dónde radicara la soberanía del proyecto colectivo y dónde se tomaran las decisiones políticas y legislativas?, ¿qué luchas de poder surgirán en su interior?, ¿qué nivel de organicidad tendrá el pacto político, electoral, ideológico y programático?

Las preguntas, en definitiva, se pueden reducir a una: ¿qué rol va jugar el Frente Amplio en la fase que se abre con el nuevo ciclo de gobierno?

No podemos olvidar, que el Frente Amplio opera como marca, cómo un conglomerado que tiene vida propia y autonomía respecto de sus padres fundadores y que ha emergido desde sus entrañas una cultura “frente amplista”.

Opera cómo unidad de sentido que re-significa la política, porque la “oferta política” de un proyecto “contra” neoliberal la hace el Frente Amplio y no Revolución Democrática, los autónomos u otro de sus integrantes. Opera con autonomía y en clave cultural, porque es una realidad política con identidad propia y diferencial.

La opinión pública, la gente común, los electores de las democracias de audiencias están mirando al Frente Amplio y no a sus orgánicas y liderazgos particulares. El sentimiento es con el Frente Amplio y no con sus particularidades constituyentes. El elector, vota Frente Amplio y no por las particularidades constituyentes. El Frente Amplio, rinde política y electoralmente mucho más que sus fuerzas fundantes.

Pero, la pregunta sigue instalada: ¿desde dónde, cómo y por medio de quiénes el Frente Amplio va actuar políticamente como oposición?, ¿quiénes van hablar en nombre del Frente Amplio?

Ya sabemos, sus representantes. Sin embargo, no hay que olvidar que el Frente Amplio como marca y como espacio político-cultural es mucho más que los representantes recién electos del conglomerado. No obstante, la gestión parlamentaria de estos 4 años será decisiva para el fortalecimiento o el debilitamiento de la marca.

Las tensiones entre el Frente Amplio como instancia “supra” particular/partidista y sus fuerzas originales se manifestaron con mucha intensidad en la discusión en torno a ¿qué hacer en términos político-electorales en la segunda vuelta: Piñera, Guillier o nadie?

Los hechos muestran que el Frente Amplio como cuerpo no tuvo la capacidad política de ordenar sus particularidades orgánicas y no orgánicas. Lentamente, las particularidades fueron debilitando y anulando lo que el Frente Amplio “prender ser”: una voz política autónoma y legítima. No olvidemos, que antes de los resultados de la primera vuelta, en el Frente Amplio había unanimidad en que no había apoyo a Guillier. No voy a entrar en los detalles de esa coyuntura; pero, es claro que el Frente Amplio no podía –por un mínimo de coherencia- llamar a votar por Guillier. No lo hizo. Sin embargo, las particularidades terminaron votando por el candidato doblemente derrotado. De algún modo, la derrota es también la derrota no del Frente Amplio como cuerpo, sino de sus particularidades.

Entonces, ¿por qué las particularidades terminan haciendo algo que el Frente Amplio como encarnación de un proyecto no podía hacer? 

La definición de las mesas de la Cámara de Diputados es otro ejemplo de lo que pretendo ilustrar. La pregunta es la misma: ¿quién negocia con las otras fuerzas políticas la posibilidad de presidir la Cámara baja: la bancada, Jackson, Boric, el Frente Amplio como cuerpo… quién?


Finalmente, sólo me interesa insistir en el hecho de que el Frente Amplio está enfrentado a convertirse en una marca política con autonomía o a ser destruida e instrumentalizada por sus propios creadores. Lo que suceda en los próximos años será decisivo para el futuro y la proyección de un conglomerado que está amenazado por la lucha, el posicionamiento e intereses de sus “dueños”.  

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